Ucrania: una vez más, la violencia sexual como arma de guerra

Cristina Molina Campos.

by Fibgar Derechos humanos.

La situación bélica actual en Ucrania está dejando imágenes y testimonios devastadores. La invasión por parte de Rusia está siendo ampliamente documentada y difundida por medios de comunicación y redes sociales de todo el mundo. Algunos de los relatos más estremecedores vienen desde ciudades como Bucha, en la que los sótanos se han convertido en el escenario de violaciones por parte de soldados rusos. Tanto la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) como organizaciones de derechos humanos, como La Strada, documentan que el ejército ruso está usando la violencia sexual como arma para aplacar y evitar la resistencia por parte de los ucranianos, abusando sexualmente, torturando y mutilando a su población civil, especialmente a las mujeres.

Como respuesta a este crimen, desde 2015, y gracias a la resolución A/RES/69/293, cada 19 de junio se celebra el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia Sexual en los Conflictos.

La violencia sexual en los conflictos consiste en el abuso o amenaza, careciendo de consentimiento, a través de la cual una persona es obligada a practicar algún tipo de conducta sexual en un contexto de conflicto. Según Naciones Unidas, esta puede observarse en las violaciones, la esclavitud sexual, la prostitución forzada, los embarazos forzosos, el contagio de enfermedades de transmisión sexual, la esterilización forzada, o cualquier otro acto de violencia sexual directa o indirectamente vinculado con un conflicto.

La violencia sexual se convierte en un acto de tortura, humillación, desprecio y degradación para los individuos que la sufren, así como, en numerosos casos, para toda la comunidad. La mayoría de las víctimas son mujeres, si bien también afecta a niñas y niños y, en menor medida, a hombres. Es, en definitiva, una grave violación de los derechos humanos, una violación del derecho internacional humanitario, y un arma de guerra más contra la población civil.

Aunque la violencia sexual en los conflictos se ha convertido en un fenómeno notorio durante los últimos años, particularmente desde la década de los noventa, es una práctica anterior y recurrente. Fue precisamente con los conflictos de los Balcanes y la guerra en Bosnia, así como con el genocidio de Ruanda, cuando la comunidad internacional comenzó a darle visibilidad a este crimen. Estos escenarios estuvieron marcados por una generalización y sistematización de estas prácticas, especialmente como parte de campañas de limpieza étnica.

Sin embargo, estos no han sido los únicos conflictos en los que se ha documentado violencia sexual de manera masiva. Conflictos más recientes como el de Siria, la República Democrática del Congo, Myanmar, Colombia, o República Centroafricana han sido escenarios de este crimen. En la actualidad, sin duda, Ucrania se ha convertido en el epicentro de la comisión de este crimen, que está actualmente recogido en el Estatuto de la Corte Penal Internacional como crimen de guerra y como crimen de lesa humanidad, dependiendo del contexto en el cual estos actos sean cometidos.

El objetivo, además de la humillación y degradación ya mencionadas, es generar estigma, inseguridad y miedo en la población afectada. En efecto, en algunos países, se considera una razón para rechazar posteriormente a las mujeres dentro de su propia comunidad, dañando así la cohesión del grupo y la convivencia en paz y seguridad. En muchos otros casos, se trata de una estrategia para evitar la reproducción y permanencia del grupo. Otro aspecto negativo que acompaña a este crimen es la falta de denuncias que, en palabras de Naciones Unidas, alcanza niveles muy preocupantes, habiendo en ocasiones solo una denuncia por cada 10 o 20 casos que quedan silenciados.

Para hacer frente a este crimen es necesario, en primer lugar, visibilizar su existencia y sus efectos devastadores en las víctimas y sus entornos. Analizar este crimen desde una perspectiva inclusiva, intersectorial y con perspectiva de género es esencial para poder diseñar respuestas y medidas de prevención adecuadas, y para no olvidar ni a las víctimas de las zonas remotas rurales, ni a los refugiados y desplazados. Darle espacio a las víctimas para que relaten sus experiencias, honrar a las y los supervivientes, y profundizar en las causas de los conflictos son pasos necesarios para entender y eventualmente erradicar este crimen.

De igual manera, es fundamental que las víctimas tengan un acceso igualitario y digno a la atención médica, a los servicios de salud sexual y reproductiva, y a la asistencia psicosocial, así como los recursos e información necesarios para acceder a la justicia y a la reintegración socioeconómica. Después de la comisión de los crímenes, además del esclarecimiento de la verdad sobre las circunstancias y sus perpetradores, es esencial que las y los supervivientes cuenten con el apoyo y acompañamiento de los Estados y de la comunidad internacional.

En definitiva, el 19 de junio debe servir para concienciar a la sociedad civil acerca de aquellas prácticas que han atormentado a tantas poblaciones, y que actualmente afligen a la sociedad ucraniana. En primer lugar, puede que esa sea la manera de que cada vez haya más denuncias y más cobertura de este horror, y, de manera colectiva, se pueda hacer frente a semejante humillación. En segundo lugar, es el grano de arena más pequeño que podemos generar para recordar y honrar la memoria de todas las víctimas mortales de esta violencia sexual, alzar la voz de las supervivientes, y tener presente que solo a través de una escucha activa y un recuerdo vivo se puede evitar la repetición en el futuro.

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